En pocas ocasiones te encuentras delante de un trabajo tan sincero y honesto como el de Juan Carlos López Davis. Su obra muestra una ampliación cognitiva de sus propias imágenes mentales, que genera intuitivamente a través de su pintura. Estas imágenes, que descifra y reinterpreta, forman parte a su vez de otras muchas formas dentro de otras estructuras visibles en su pintura. El aparente caos funde una dialéctica aparentemente difícil de leer, con símbolos y entes muy primarios. Es esa expresión de elementos puros en sus obras la que hace que podamos apreciar los trazos y manchas que configuran las formas de su imaginario. Busca constantemente la ironía a base de juegos y composiciones de dualidades. Hace de la sugestión en su pintura su arma para enfrentarse a sus obsesiones y poder manifestar sus pasiones a través de sus propias pulsiones físicas sobre la obra. El autorretrato es un tema recurrente para López Davis. Se manifiesta a través de imágenes autogeneradas o regeneradas a través de otros objetos o figuras adyacentes en las obras. A veces parte de elementos abstractos y termina construyendo todo un universo onírico y humano; otras surgen de pequeños personajes y monstruos que presenta como imágenes frente a un espejo y las convierte en pasto traslucido para una gran veladura y manchas geométricas. Es relevante hablar de su pasión por descontrolar su trazo, su pincel, su brazo y su pensamiento. De alguna manera quiere no controlar lo que sucede en la superficie de la obra, lo que muchas veces crea una superposición de manchas y trazos expresionistas que buscan crear espacios e invitarnos a entrar en la obra para entender lo que sucede en ella. Es interesante plantear qué hay detrás y delante de las obras de Juan Carlos. Lo que se intuye que está y lo que podemos ver con claridad. Un juego que sabe hacer muy bien, una manera de enfrentarse a su propio reflejo en el espejo. Su obra es aparentemente dura, se puede sentir cada pincelada y trazo, pero a su vez esconde un juego de sutilidades y transparencias que hacen que haya de releer cada centímetro de manera diferente. Es un manipulador de la emoción y como tal cada obra nos plantea un reto y nos lleva al extremo. Cada línea es una incisión que hay que abrir para ver su trasfondo y su origen.
David Murcia García

