Biografía – Pierre Gauthier-Dubédat

Burdeos (Francia), 1938.

Impregnado por el recuerdo feliz y tierno de su infancia en el País Vasco francés, por la revelación ya remota del Perú, por su estancia en Oriente Próximo y posteriormente en España; por tantos autores que ponen de relieve por encima de todo las bellezas de este mundo, así como la naturaleza compleja de los sentimientos y reflexiones del Hombre, Pierre Gauthier-Dubédat aplica una vegetación ferozmente fecunda a cumbres desprovistas de escala terrestre, como si pretendiera llevar a Hermes o Iris hasta el Olimpo, o al contrario, vaciar de cualquier signo de vida un paisaje transformado, elocuente de polvo y silencio.

Los violentos contrastes de negros, pardos sombríos azules violáceos, verdes ácidos o rojos sangrientos con claros amarillos pálidos, blancos cremosos, ocres cálidos o evanescentes najanjas, provocan alternativamente una agitación confusa, una angustia contenida y por fín una apaciguadora y grata serenidad. Asimismo, numerosas verticales y oblicuas ascendentes, que describen aquí y allá torres misteriosas y ruinas encantadas, dividen rabiosamente el espacio alertando los sentidos; mientras las horizontales u oblicuas descendentes, más infrecuentes en estas obras, que describen a veces unas acrópolis o alguna que otra ciudad olvidada, no menos impregnadas de magia, convidan a una sosegada contemplación. A menudo el artista asienta brutalmente unos vertiginosos acantilados, en medio de los cuales alguna senda estrecha invita al espectador a proseguir más allá de los márgenes del lienzo un viaje imaginario en el que lo experimentado parece sin embargo tan real…

Olores mezclados de ojas secas y flores, humedad, cantos de pájaros, oscuridad, frescor, así como fragancias de Siria o de Castilla en verano, cuando se unen el tomillo silvestre, la manzanilla y la jara, calor letárgico, letanía del viento, luz cegadora, se apoderan imperativamente de nosotros para liberarnos unos instantes después. Este mismo arrebato se produce en nuestro espíritu, el cual, de repente se vé caminando por el Purgatorio, con la esperanza de alcanzar el Paraíso al igual que Dante; o andar errabundo de tierra en tierra sin más imperimenta que la verdad del alma al igual que Maní. Lírico pues, por excelencia, el arte de Pierre Gauthier-Dubédat, y si bien algunas veces nos recuerda a Nicolas de Staël, a Soulages, a Vieira da Silva, finalmente lo hace de lejos, ya que lleva el sello de un carácter demasiado asentado y único como para sufrir cualquier tipo de influencia decisiva. Ocurre asimismo que el artista se vista asombrosamente de un futurismo intensamente expresionista, cuando inestables estructuras rocosas y geométricas parecen a punto de desplomarse encima de nosotros. Líricos, definitivamente, son el estilo, los paisajes vueltos a inventar -según las mismas palabras del artista- y los sentimientos y emociones que éste último consigue, con una destreza fuera de lo común, que surjan en nosotros.



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